miércoles, 24 de agosto de 2016

Exhibiendo miserias del movimiento obrero

“Que no haya malentendidos acerca de mí. Si mis semejantes, que se hacen llamar sociedad, creen realmente que su bienestar requiere víctimas, puedo decirles: ¡Al demonio con el bienestar público! No seré parte de él." 
-Ayn Rand-


Desde la aparición del marxismo y su infecciosa expansión por el mundo, sus postulados han sido objeto de diversos análisis, interpretaciones y giros, que incluyen distorsiones ideológicas absurdas, generación de miseria, inseguridad y prácticas sanguinarias descaradas en busca de ese hombre nuevo que tanto se promete. Aunque uno puede caer en la tentación de lanzar los primeros dardos a los gobernantes que alineándose a la izquierda han convertido países enteros en el abismo, los despropósitos de esta ideología también se encuentran en la sociedad civil organizada.
El caso específico del proletariado  y sus articulaciones en sindicatos, gremios, partidos y grupos de choque, entre otros,  ha abierto un abanico de variantes y olas tanto teóricas como de acción que -aunque gozan de apoyo popular y cuentan con un arsenal de exposiciones que apuntan a conmover- la gran mayoría son contrarias a los ideales de propiedad privada y libertad expuestas por la modernidad, que han sido puntales del progreso y la invención en los últimos siglos. En el flexible caso de que pueda argumentarse que ha habido ciertos avances por los empujes del movimiento obrero, como reconocimiento de algunos derechos que lograron hacer más decente la vida laboral y las relaciones emergentes de ella; esto no puede otorgar un aura de nobleza total a sus acciones, así como tampoco puede silenciar las observaciones ante acciones pasadas y presentes que se caracterizan por su irracionalidad.
Para no incurrir en el reiterado y despreciable recuerdo del experimento soviético, es posible volcar la mirada hacia Latinoamérica y en particular el caso boliviano, que ofrece numerosos ejemplos del poder que puede ostentar la dirigencia laboral y las bases que lo sustentan, así como sus aspiraciones autoritarias.  Con la redacción de la Tesis de Pulacayo en 1946 (que entre tantas de sus demenciales líneas reza: “Dejamos claramente sentado que la revolución será democrático-burguesa por sus objetivos y únicamente un episodio de la revolución proletaria por la clase social que la acaudillará.”) y la Revolución de 1952, se estableció el marco de creación para la Central Obrera Boliviana, institución que durante sus décadas de existencia se ha ocupado insistentemente en reiterar su resistencia por la democracia y valor en luchas en tiempos de dictaduras, pero que no repara  nunca en las también ciertas acciones desestabilizadoras, violentas, golpistas y hasta autoritarias,  estas últimas en alianzas con gobiernos caracterizados por el abuso. Este hecho no puede  ser obviado y debe ser traído al presente,  pues la faceta de la realidad que han olvidado los dirigentes de la COB –siempre con su distintivo rojo acompañado por la hoz, el martillo y el sanguinario Che Guevara- es que no existe límite en el oprobio, que un hombre o institución siempre puede caer más bajo el número de veces que sea necesario. Comprados en la actualidad con bonos, decretos especiales a medida, regalos, edificios y otros privilegios, los dirigentes de la Central Obrera vienen siendo una extensión del Órgano Ejecutivo, no siendo casualidad que hayan saltado a puestos en ministerios o el parlamento, o al menos aspirado a ellos por el Movimiento al Socialismo. En la práctica sindical obrera, tampoco hay espacio para la crítica; su verticalidad es un impedimento incluso para su propio crecimiento y renovación.
Herederos del marxismo, los dirigentes del proletariado organizado no tienen reparo alguno en satanizar la imagen del empresario (mediano o grande, formal o informal), que es visto como un ser malvado que se aprovecha de todo y de todos, que debe dejar de producir y subsistir en la hostilidad del Estado que todo muerde para poder satisfacer a los trabajadores, y que además sólo merecería cargas, sanciones, controles e insultos. Porque debe decirse de modo claro: una cosa son las conquistas que pueden tener algo de sensatez, y otra son los excesos y desvaríos para sacar provecho de una relación laboral, anulando la meritocracia y la competitividad. De este modo, acompasados al ritmo de los burócratas, no cesan en sus proclamas de  fiscalizaciones, nacionalizaciones, estatizaciones y creación de empresas públicas, sin importar que luego las catástrofes.
El caso ENATEX es la clara muestra de que cuando lo que hay es interés de votos y ambición, la sensatez no tiene cabida. El Estado boliviano invirtiendo en una empresa perdida hasta el punto en que es insostenible y un movimiento obrero pretendiendo que se continúe solventando puestos de trabajo con fondos públicos sin medida. Luego, un reguero de protestas, exigencias absurdas, bloqueo de caminos, dinamitazos, heridos, imprecaciones reiteradas al neoliberalismo y al Decreto Supremo 21060, etc.
Finalmente, apuntar que es completamente legítimo que cualquier trabajador busque mejores condiciones en pro de un mejor destino, recurriendo a los mecanismos legales pertinentes individual o colectivamente; lo que no es comprensible es la pretensión de que un empleador o empresario exista para el beneficio ajeno y que puede quedar a merced del implacable Estado (se incluye a los jueces en materia laboral y a los parásitos tributarios) unido a un proletariado desmedido en sus acciones. De esta forma, el futuro simplemente arrojaría épocas en que el valor de invertir y producir desaparezca por completo.

0 comentarios:

.