miércoles, 18 de febrero de 2015

Universidad, desorden e irresponsabilidad


Imagen de universitarios de la Carrera de Derecho sobre el vehículo del decano.

“Por lo demás, si no soy un adulador del poder establecido, tampoco lo soy del poder juvenil”.

—Octavio Paz—

La decadencia de la sociedad tiene un interesante termómetro en el caos y el mal gusto. Generalmente pueden esperarse su proliferación en mercados, eventos deportivos masivos, carnavales sucios y en la política, por nombrar algunos. Sin embargo, eventual y tristemente se nos recuerda que la vergüenza no solo es de calle o de tumulto; también emerge de aulas y de pupitres corrompidos.
No importa si la aseveración siguiente es políticamente incorrecta: acontece que, aunque los hombres son libres de tener aspiraciones de toda índole y color, no puede negarse que hay faenas y dedicaciones que no son para todos. Por carácter, nivel intelectual, dedicación, actitudes y otras consideraciones que puede hacerse, se infiere no todos los mortales tienen la vocación para la formación universitaria pública, del mismo que no todos pueden ser grandes artistas ni todos están destinados para emprendimientos titánicos. Aclaro que dirijo mi lupa y martillo al sistema público universitario, no porque el sistema privado esté libre de abominaciones y horarios dedicados a la vergüenza, sino porque las universidades estatales, junto con sus estructuras degeneradas, están solventadas con dinero de todos los ciudadanos que son ahogados con impuestos cuyo cobro no admite contemplación alguna. El dejar de juzgar los desmanes universitarios no es simplemente un acto de pereza reflexiva; es además una irresponsabilidad ciudadana.
Aunque las reflexiones no deben circunscribirse al ámbito local, el ejemplo de primera mano es la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, cuyos estudiantes en un gran número ni siquiera saben quién fue este escritor.
Combinando sus conocimientos y experiencias en carne propia en la mencionada universidad, hace poco más de una década Enrique Fernández García y Octavio Gutiérrez Figueroa escribieron un genial libro llamadoUniversidad enferma (volumen al que le sobra valentía), en el que denunciaron, las demenciales barbaridades a las que puede llegar la vida universitaria: los excesos tóxicos en fiestas, la escasa inteligencia de algunos docentes, la mediocridad estudiantil, los longevos alumnos que lucran con la dirigencia, y muchas más. Ahora, en 2015, comprendo que otra de las virtudes de ese libro es su actualidad, pues aunque los años inmisericordes avanzan, los bochornos en la casa superior de estudios no se detienen.
Las faltas de sensatez y respeto en las universidades públicas no descansan, pero muchas de ellas hacen su desfile mayor en las épocas eleccionarias, esos tormentosos  tiempos en que se debe renovar tanto a burócratas como a los, muchas veces, depravados miembros de la dirigencia universitaria. La política universitaria es a la vez una réplica y un lugar de ensayo para la política boliviana. La muestra clara es la calaña de diputados, embajadores adjuntos y demás politiqueros que pueden engendrar tanto el ámbito estudiantil, como el profesorado o el rectorado. Se abre todo un mercado para las prácticas mañosas y para los mercenarios.
La carnicería por obtener votos en los claustros no conoce límites. Escasos son los estudiantes que asumen la vida universitaria con una visión responsable; la gran mayoría simplemente hace gala de su capacidad de promover, organizar y participar en concentraciones y fiestas llenas de alcohol, vulgaridad y golpes; o sencillamente inclinarse hacia la vagancia y la mediocridad. Ahí están, armados de cohetes y palos, muchos universitarios defendiendo sus intereses disfrazados de nobleza; pero no tienen suficiente valentía ni conciencia para enfrentar los abusos y la corrupción de los gobernantes en todos sus niveles —sus circunstanciales aliados—. Quizás sea porque muchos de ellos esperan obtener el día de mañana ese mismo cheque en blanco cuando estén  enriqueciéndose a través del estado.
Mientras las generaciones pasan como las hojas y ni siquiera el examen de ingreso a la universidad pública llena las mínimas expectativas (los números de reprobados no mienten), habría que repensar si de verdad valen la pena tantos cupos para estudiantes por cada carrera, tanta ceremonia y tanta idolatría para un destino universitario que, sin duda, no todos quienes entran por la puerta están a la altura de asumir.
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