jueves, 11 de septiembre de 2014

Apostando por el ocaso de los ídolos


La imagen fue tomada en Ucrania. Es el derrumbe de una estatua Vladímir Ilich Uliánov, «Lenin».


“¡La tierra! En este gran templo desertado por los dioses,
todos mis ídolos tienen los pies de barro”.
—Albert Camus—

En el memorable libro Pueblo enfermo, Alcides Arguedas  señala: “En Bolivia siempre, o poco menos, se ha vivido o bajo la dura bota de un caudillo militar bárbaro o semibárbaro, o bajo la magia engañadora y vistosa de los doctores de palabra cálida, gesto vehemente, voz rimada y los resultados han sido indefectiblemente también los mismos con unos y con otros, o sea… desastrosos”.
Está claro que los designios del tiempo no permitieron ver a Arguedas los años de esta clase nueva de ser que busca atornillarse en el poder, también con resultados catastróficos para el orden y la libertad. Combinando las prácticas de los mencionados, el militar y el del gesto vehemente, junto a otros elementos que lo dibujan como supuesto buen hombre emergido de lo profundo, lo popular, lo milenario y lo típico; este caudillo idolatrado por las masas, mismas que consienten sus más absurdos desmanes, abusos y excesos, se eleva y sirve de modelo local e internacional para quienes tienen antojos similares.
En todo caso, sin importar cuál sea el perfil del ídolo o si éste incluso ya ha abandonado el mundo, quien se considere libre y crítico está en la obligación moral de señalar todas sus debilidades, imposturas y su sucia hambre de mayor veneración. Los hombres distintos son los que levantan la voz y el puño contra los dioses y contra los que se creen tales. Muy lejos están los tiempos de la caverna y del mito que requerían la creación de mitos para explicar y hasta justificar la vida del hombre. También han quedado lejos la época de que del absolutismo concentrado en un monarca que se consideraban la personificación del poder y el estado. Sobre esto, y para acercarnos a estos días, vale evocar a Juan Bautista Alberdi: «Los que no dijeron: "El Estado soy yo”, lo pensaron y creyeron como el que lo dijo».
Menciono con especial énfasis que estos líderes no necesariamente buscan destruirse entre ellos. Algo que estos ídolos han aprendido es a marcar sus feudos mediante pactos de mentira y convivencia. Por eso es que sin descaro alguno uno puede verlos insultándose al mismo tiempo que se acomodan como reptiles, desde el país entero hasta el distrito les sirve para sus intereses y negocios. El tiempo para ellos es una ilusión, su deseo de permanencia —por la fuerza o los votos— es más fuerte que el sentido mismo de la democracia y la idea, que para ellos parece descabellada, de la renovación y de la alternancia en el poder.
Recuerdo un fragmento de  un cuento de Sartre sobre un criminal al que le agradaban las alturas para verse superior: Es necesario apuntalar las superioridades morales con símbolos materiales”. Del mismo modo a este ídolo caudillo le fascinan los escenarios y las tarimas para ver a todos por encima, sentirse supremo, se multiplicará su vanidad si la cantidad de hombres con espíritu gregario —y otros que le hacen venia por conveniencia—llegan hasta el horizonte y escuchan su discurso, casi siempre incongruente y repetitivo, y lo aplauden a manos llenas.
La lista es desagradablemenet larga: veneraciones, estatuas, homenajes, canciones, oraciones a su nombre, publicidades interminables que parecen taladrar los tímpanos e imágenes en cada avenida mientras saluda sonriente burlándose de los ciudadanos y enarbolando su fetiche patriótico (todo eso casi siempre financiado con los impuestos de la gente). Mientras más adoctrinamiento y sumisión siembre, más grande será su satisfacción. Todo le sirve para exhibirse: desde una carretera hasta un sistema de agua potable; desde una cumbre hasta un evento deportivo. Ha olvidado que la función pública es un trabajo y no un culto a su personalidad.
A todos esos ídolos,  les obsequio mi rechazo sin indulgencia y sin consideraciones de bando y origen. Que las masas les rindan tributo; el hombre que se considere singular y libre está para más, para mucho más. Ni una sola marcha o concentración vale la conciencia de un hombre digno.
Yo apuesto por el olvidado, yo apuesto por el individuo que  con repulsión y desconfianza eterna mira de frente al ídolo y espera su desplome, y atreverse a pensar —¿por qué no?— en un mundo sin estas figuras.

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