jueves, 10 de julio de 2014

Un tormento llamado burocracia


Sobre la imagen: el cuadro es de Pieter Brueghel el Viejo, su nombre es La torre de babel (1563).
 
¿Para qué me sirve la honradez en este mundo de corruptos? Para que me ahogue”.
 Fernando Vallejo—
 

Para mala fortuna de los ciudadanos, el recorrido burocrático es más tortuoso que los Círculos del Infierno de Dante y la obligación de recorrerlos dista mucho del deseo de encontrar la mirada de Beatriz: la burocracia es la amargura que emerge de un estado ilimitado. Por poner un ejemplo, hasta que escribo estas líneas, son veintiún (21) ministerios que forman una maquinaria paquidérmica, lenta, apestosa, corrupta, incompetente y llena de aprovechadores en los ministerios de Bolivia, cada uno con sus viceministerios y demás ramificaciones con su proliferación desvergonzada de funcionarios que buscan regular cada aspecto de la vida.
Max Webber escribe: “Una autoridad burocrática perdurable y pública, jurisdiccionalmente determinada, constituye normalmente una excepción y no una regla histórica”. Además de poner en la tierra a cualquier burócrata, esta reflexión permite pensar a cerca de los criterios existentes para evaluar al aparato estatal como algo imperfecto. Una masa mayor de burócratas no es sinónimo de eficiencia. Ya que recordé a Weber, es bueno mencionar que él identificó como  requisito de una burocracia más o menos aceptable la existencia de manuales y procedimientos claros al momento de ejecutar funciones y asumir responsabilidades. En la realidad, una confusión propia de Babel se arma frente a nuestros ojos en cada repartición pública.
No deja ser llamativo que al individuo común los colectivistas lo acusen en ocasiones de egoísta y pensar en su beneficio nada más, como una marca de deshonra en la frente, generando un chantaje emocional absurdo que tiene un complemento en que el burócrata no es sólo un iluminado sino además un ser noble que abnegadamente se esfuerza por el país, teniendo además un valor patriótico. Nada más falso. Pasar por la primera ventanilla estatal que esté cerca, advertir el trato que uno recibe y ver el reloj girar y girar (¡sin el uso de coimas o amistades!) es suficiente para que la mentira del buen burócrata que tanto vienen vendiéndonos se desmorone.
La lucha por el control del botín estatal la pinta de manera inolvidable el siempre vigente Alcides Arguedas: «Por eso lo partidos políticos, ponen ardor, encono y pasión en sus luchas, no es por alcanzar el poder como cima de aspirabilidad consciente  y en vista de los ideales de un programa político a cumplir, sino porque alcanzándolo se satisfacen apetitos de toda índole y se da cabida en el banquete público a una gran porción del grupo social para “gobernar con los suyos”».
Es repugnante ver a ministros y otros burócratas convertirse en agentes de campaña en épocas electorales, pero más sucio todavía es verlos desplazarse como jauría a defender las necedades y derrames verbales de su jefe, y saber que reciben su sueldo por los impuestos que el ciudadano tiene que pagar.
De nada sirven todos los merecimientos y las capacidades, ni siquiera la honradez tiene un valor cuando se la pone frente a un carné de militancia o ante una  carta de recomendación mal redactada por cualquier compañero de partido y refrendada con numerosos sellos de organizaciones afines. Es así que la administración de pensamiento uniformado, para la que el individuo no vale nada, se caracteriza, además, por ser un nido para la corrupción, que tras la siempre presente imagen del caudillo puesta en la pared, atenta contra la decencia. No menos deshonrosa es esa característica de la burocracia de mutar según los antojos: un día se puede estar encasillado en un edificio, al día siguiente ser un armador de tarimas, concentraciones y proclamaciones regionales o también ajustarse para elaborar cumbres internacionales siniestras, todos tan uniformados y tan sumisos.
Valga el cierre para fomentar la crítica y la exigencia a las instituciones públicas y a sus empleados; que se entienda que tanto su desempeño como deben ser vigiladas, y que, aunque una suerte de mafia política muchas veces los respalda, el repudio a sus barbaridades no debe cesar mientras quede algo de aliento para salir en defensa del respeto y la dignidad  de las personas que tienen, tristemente, que transitar por sus edificios y ventanillas sin remedio.


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