domingo, 11 de mayo de 2014

Reflexiones sobre la opinión escrita






"Hemos ido delegando en el Estado la aplicación de la venganza. Pero en un mundo tan corrupto como éste, el Estado es incluso muchas veces el agraviador. (…) Mis columnas son mi forma de vengarme, de aplicar la venganza por medios civilizados".

—Arturo Pérez-Reverte—




Cuando se realiza sin distinguir de dónde vengan las insensateces que la alimentan y sin ser usada para lamer suelas, es posible que escribir artículos sea una de las labores que peor reconocidas esté en la cultura por la sociedad. No me refiero a lo económico, ingenuo es pensar que puede sacarse réditos monetarios por el análisis y la crítica sincera, no es ése el motor. La falta de reconocimiento de la que hablo es aquella que se nota en la poca difusión y el menosprecio que caen al momento de usar la pluma y el teclado como protesta. Detrás de la composición de artículos hay mucho más que refunfuñar caprichosamente o alcanzar prestigio mediático: está el individuo inquieto que, con coraje y decisión, hace pública una postura, por más demencial que pueda parecer para las mayorías o minorías. Inclusive conteniendo errores de redacción —dado que la exquisitez, el cuidado y  la coherencia no seducen a todos los columnistas— el acto de realizar un juicio por escrito ya es un mérito.
Contrario a lo que puede parecer, la cantidad de humanos dedicados a la opinión es reducida, son preocupaciones que atañen a unos pocos y que están identificadas con la singularidad que a la masa superficial no le agrada y a las instituciones perturba. Dado que algunas de ellas se atribuyen cualidades luminarias y doctas, las universidades deberían ser sitios de fomento a la labor del escrito y la columna. Claro está que no lo hacen; hay intereses corruptos que concretar antes y no conviene que haya seres pensantes y divulgadores; para las facultades basta y sobra con borregos de huelga, bloqueo y trifulca. Ni mencionar lo que pasa con los políticos en ejercicio.
Es cierto que éstos son años de superficialidad en los que la disputa por la sección de espectáculos para ver quién ha aparecido, es una vergüenza expandida sin control que aleja la lupa del sector de opinión de los diarios. Sin embargo, el desaliento no debe derrotar a quienes aún pensamos que todo vale la pena si un puñado ha leído lo escrito y mucho más si el poder o los necios se han sentido incómodos. Hay que darse minutos inclusive para leer aquellas ideas con las que uno puede disentir, por el hambre de rebatirlas y de identificar charlatanes o impostores.
Hacer uso de esta vocación al escribir es tan necesario para denunciar y corregir los males de la sociedad y de los impostores del planeta, que incluso la clandestinidad es un canal dignísimo para quien exprese sus ideas cuando las condiciones no están dadas. Las guerras atroces y las dictaduras sangrientas y brutales del Siglo XX, junto con el excesivo control estatal y paraestatal del Siglo XXI, son experiencias que abren la ventana en todos los países para la creación de panfletos hechos por hombres que reflexionen sobre el mundo sin solicitar ninguna clase de permiso a la burocracia. Nadie imagina a la Resistencia en Francia pidiendo consentimiento a los nacionalsocialistas, a las denuncias por las muertes en los Gulags esperando la voluntad de Stalin o los cuestionamientos en Cuba aceptados por los detestables hermanos Castro sin amenazar al prójimo con las celdas. La libertad de expresión acompañada del valor es una conquista del hombre frente al mundo equivocado e imperfecto que debe modificarse; no es un obsequio del poder ni del pueblo ni de Dios.
Casi siempre se escribe para hacer notar el error, los abusos, la crueldad y la idiotez. Por una cuestión de actitud e irreverencia, no imagino a alguien alabando a un político o autoridad en la prensa en la sección de escritos. Aunque el funcionario esté haciendo una labor más o menos decente (que rara vez pasa), asumo que componerle una loa pública tiene que ver con la perversión moral de quien divulga artículos o ensayos. La actualidad demanda que para todo lo que no sea literatura, música o estética, las publicaciones deben actuar  como espadas vengadoras flamígeras.
La labor constante de escribir merece atención y una constancia que —he aquí el “mea culpa”— no siempre puede llevarse. Hay un valor aunque sea por el pequeño gran logro de quitarle caracteres y protagonismo a la tóxica frivolidad del espectáculo y a la ponzoñosa propaganda estatal. La pelea por la libertad, las ideas, la decencia y la sensatez también se libra en los renglones de diarios e internet, y no admite tregua.

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