miércoles, 28 de mayo de 2014

Sobre infamias del G-77 y otros encuentros.


  Sobre la imagen: El cuadro es de Goya, su nombre es El aquelarre (1798).

 “El rebaño humano disperso será reunido bajo el cuidado de un pastor despiadado, especie de monstruo planetario ante el cual las naciones se postrarán en un estupor cercano al éxtasis”.

—Emile M. Cioran—


Depositar esperanzas en burócratas es un error, el hecho de que sean burócratas extranjeros no lo repara en nada.  Ninguna cumbre o junta similar puede, con un maquillaje precario, hacernos olvidar las miserias que nos rodean. No hay ceremonia o ritual que aspirando a refundar el mundo deba ser atendido como regalo de los dioses para arreglar nuestros destinos.
En el mundo cada año hay decenas de encuentros, asambleas y juntas con diversas temáticas, en las que diplomáticos y dignatarios se rodean de lujos y protocolo mientras el ciudadano incauto sueña con que en una de las intervenciones aparezca la luz guía para un destino mejor; y lo que sucede es que en el peor de los casos tenemos que tragarnos el ungimiento o actualización de líderes regionales, mundiales o “de los pueblos”. Lo cierto es que nunca nada cambia sino tiende a empeorar. En frías palabras: las cumbres como la siguiente reunión G-77 en Santa Cruz de la Sierra está llena de depravaciones que sin temor deben ser denunciadas.
Acaso la hipocresía sea la más grande o al menos la que primero salta a los ojos. La hipocresía de que el estado derroche dinero de los ciudadanos para recibir a representantes de países cuyos modelos y regímenes difícilmente pueden ser entendidos como democráticos; lo más sincero sería repudiarlos. La hipocresía también de llenar la ciudad de policías y de militares de elite por unos cuantos días, sabiendo que cuando pase el espectáculo todo volverá como antes y dejará una ciudad sumida en la delincuencia; la falsedad de mostrarla limpia y ordenada, conociendo bien el caos y la falta de educación que sus habitantes en gran número exhiben en un día común.
El beneficio de estos eventos cae para quienes inflan sus bolsillos pactando como amigos del gobiernos: empresarios que muestran sus caras arrodillados, constructores que ven opciones para algunos contratos, arlequines y músicos sin originalidad que muestran su verdadera faz, consultores y asesores que dan respaldo a actores sociales que creen ingenuamente que están decidiendo algo. La ingenuidad de estos últimos me aterra y me enternece a la vez, no entienden que son simplemente parte de una puesta en escena, todo cuanto emerja de estas cumbres ya está cocinado y pactado entre otros intereses y —salvo lo que se haga en alguna mesa de trabajo disidente o rebelde— tiene la rigidez de un témpano.
Además del descrito desfile de fariseos provenientes de cada rincón del globo, hay temas más aterradores aún en cuanto a esta alharaca de las cumbres. Leí con espanto en las calles de la ciudad que parte del eslogan reza “Hacía un nuevo orden...”. La experiencia  enseña que hasta el diablo retrocede con espanto cuando desde el poder alguien habla de un nuevo orden mundial, pues las pérdidas y los muertos se cuentan por cientos y la libertad individual va menguando si esta aspiración aflora.
Los micrófonos de estos eventos sangran al recibir los discursos en este tipo de eventos. No basta con emitir mensajes de odio hacia quien no esté de acuerdo con sus posiciones, además hay que hacerlos con pésimo gusto por la oratoria y teniendo en la testera a populistas demagogos de todos los campos que, como invitados de lujo, tratan de avalar la caída del sistema democrático.
Lógicamente mayores cuestionamientos no aparecen desde círculos políticos, empresariales o ciudadanos; la gran mayoría sonreirá y aplaudirá la fantochada. No debe olvidarse que son tiempos de urnas y hombres de poca valentía y sin espíritu crítico no pueden verse al espejo porque tienen la mira puesta en botines, favores por cobrar y una que otra intimidación por ahí.
En todos estos eventos, lo único que queda es esperar que pasen de manera rauda los días, que la charlatanería y la falsedad que se levantan cual polvareda se vayan y no nublen más nuestra vista de las miserias, los delitos y la mentira estatal.
Como empiezo a notar cierta algarabía en algunos mortales por recibir a los invitados de afuera y por ver qué sucederá, pienso en Camilo José Cela: «Es una pena que las alegrías de los hombres nunca se sepa dónde nos han de llevar, porque de saberlo no hay duda que algún disgusto que otro nos habríamos de ahorrar».

domingo, 11 de mayo de 2014

Reflexiones sobre la opinión escrita






"Hemos ido delegando en el Estado la aplicación de la venganza. Pero en un mundo tan corrupto como éste, el Estado es incluso muchas veces el agraviador. (…) Mis columnas son mi forma de vengarme, de aplicar la venganza por medios civilizados".

—Arturo Pérez-Reverte—




Cuando se realiza sin distinguir de dónde vengan las insensateces que la alimentan y sin ser usada para lamer suelas, es posible que escribir artículos sea una de las labores que peor reconocidas esté en la cultura por la sociedad. No me refiero a lo económico, ingenuo es pensar que puede sacarse réditos monetarios por el análisis y la crítica sincera, no es ése el motor. La falta de reconocimiento de la que hablo es aquella que se nota en la poca difusión y el menosprecio que caen al momento de usar la pluma y el teclado como protesta. Detrás de la composición de artículos hay mucho más que refunfuñar caprichosamente o alcanzar prestigio mediático: está el individuo inquieto que, con coraje y decisión, hace pública una postura, por más demencial que pueda parecer para las mayorías o minorías. Inclusive conteniendo errores de redacción —dado que la exquisitez, el cuidado y  la coherencia no seducen a todos los columnistas— el acto de realizar un juicio por escrito ya es un mérito.
Contrario a lo que puede parecer, la cantidad de humanos dedicados a la opinión es reducida, son preocupaciones que atañen a unos pocos y que están identificadas con la singularidad que a la masa superficial no le agrada y a las instituciones perturba. Dado que algunas de ellas se atribuyen cualidades luminarias y doctas, las universidades deberían ser sitios de fomento a la labor del escrito y la columna. Claro está que no lo hacen; hay intereses corruptos que concretar antes y no conviene que haya seres pensantes y divulgadores; para las facultades basta y sobra con borregos de huelga, bloqueo y trifulca. Ni mencionar lo que pasa con los políticos en ejercicio.
Es cierto que éstos son años de superficialidad en los que la disputa por la sección de espectáculos para ver quién ha aparecido, es una vergüenza expandida sin control que aleja la lupa del sector de opinión de los diarios. Sin embargo, el desaliento no debe derrotar a quienes aún pensamos que todo vale la pena si un puñado ha leído lo escrito y mucho más si el poder o los necios se han sentido incómodos. Hay que darse minutos inclusive para leer aquellas ideas con las que uno puede disentir, por el hambre de rebatirlas y de identificar charlatanes o impostores.
Hacer uso de esta vocación al escribir es tan necesario para denunciar y corregir los males de la sociedad y de los impostores del planeta, que incluso la clandestinidad es un canal dignísimo para quien exprese sus ideas cuando las condiciones no están dadas. Las guerras atroces y las dictaduras sangrientas y brutales del Siglo XX, junto con el excesivo control estatal y paraestatal del Siglo XXI, son experiencias que abren la ventana en todos los países para la creación de panfletos hechos por hombres que reflexionen sobre el mundo sin solicitar ninguna clase de permiso a la burocracia. Nadie imagina a la Resistencia en Francia pidiendo consentimiento a los nacionalsocialistas, a las denuncias por las muertes en los Gulags esperando la voluntad de Stalin o los cuestionamientos en Cuba aceptados por los detestables hermanos Castro sin amenazar al prójimo con las celdas. La libertad de expresión acompañada del valor es una conquista del hombre frente al mundo equivocado e imperfecto que debe modificarse; no es un obsequio del poder ni del pueblo ni de Dios.
Casi siempre se escribe para hacer notar el error, los abusos, la crueldad y la idiotez. Por una cuestión de actitud e irreverencia, no imagino a alguien alabando a un político o autoridad en la prensa en la sección de escritos. Aunque el funcionario esté haciendo una labor más o menos decente (que rara vez pasa), asumo que componerle una loa pública tiene que ver con la perversión moral de quien divulga artículos o ensayos. La actualidad demanda que para todo lo que no sea literatura, música o estética, las publicaciones deben actuar  como espadas vengadoras flamígeras.
La labor constante de escribir merece atención y una constancia que —he aquí el “mea culpa”— no siempre puede llevarse. Hay un valor aunque sea por el pequeño gran logro de quitarle caracteres y protagonismo a la tóxica frivolidad del espectáculo y a la ponzoñosa propaganda estatal. La pelea por la libertad, las ideas, la decencia y la sensatez también se libra en los renglones de diarios e internet, y no admite tregua.

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