lunes, 7 de abril de 2014

La dañina comodidad internacional



“El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. (…) El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras”.

—Jorge Luis Borges—



Hay guardianes que lo son solo de nombre y para cumplir formalidades, para crear imágenes portentosas cuyo simple cuestionamiento o sola idea de disolución o supresión espeluznaría a varios mortales. Cientos de cargos e instituciones merecerían ser borradas de un plumazo o al menos ser puestas en un cajón olvidado con sus mentiras, imposturas o actuaciones convenencieras. Esta situación no se restringe a un orden nacional, lo que demuestra el presente es que no se puede depositar grandes esperanzas en esas creaciones humanas llamadas organismos internacionales, puesto que tienen un talento natural para poner la vista en otro lado. Entre lo anecdótico uno puede recordar la situación de Panamá regida por Manuel Antonio Noriega. La pasividad de la Organización de Estados Americanos ante los abusos y el reinante narcotráfico en el país centroamericano provocó que se forjará un nuevo contenido irónico a la sigla: OEA significaba “Olvidemos Este Asunto”.

Ciertos criterios deben ser tomados en cuenta al evaluar a las instituciones internacionales y bajarlas de los cielos. El primero es el hecho de que un estado, cualquiera sea, está representando por su  Poder Ejecutivo únicamente; el Poder Judicial y el Legislativo —que es el que en teoría tiene mayor representación en una democracia coherente— no tienen el mínimo peso, salvo en los llamados “parlamentos internacionales” que no tienen gran utilidad. Queda entonces una figura en la que un presidente, por más detestable que fuere, pretende encarnar la voz sin discusión de todos sus ciudadanos, o sus vasallos.

Otro elemento que dificulta que se atienda reclamos de la población civil contra sus estados es que toda decisión debe ser tomada mediante votación de todos los países; si un gobierno tiene a sus similares de cómplices, no hay modo de ponerlos en el banquillo de acusados.

Un tercer mal es que los estados tienen una capacidad increíble de engendrar una cantidad hilarante de ellos. Solo en América del Sur uno encuentra ALBA, OEA, UNASUR, MERCOSUR. CARICOM, CELAC y Comunidad Andina; toda una pesada maquinaria internacional en la que numerosos falsos demócratas y hasta dictadores confesos han sabido moverse de acuerdo sus necesidades del momento y en los que, como en las embajadas, han sabido acomodar a sus funcionarios dudosos cuando les queman los procesos judiciales.

Sinceridad ante todo: a los organismos internacionales, sobre todo los de América, no les importa que no se pueda comprar comida por culpa del chavismo o mueran manifestantes por represión salvaje. ¡Bah! tampoco les importó en su momento que el régimen castrista racione a los cubanos los alimentos a las personas mediante libretas o que la obra de Castro y Guevara llene de represión, muerte y censura a los cubanos. Para que los organismos de rimbombantes nombres hagan algo más que sus tímidas e ineficaces recomendaciones, al parecer es preciso que las bajas se cuenten por miles, como en África y Asía. Para ellos, el hombre (así, con minúscula, el individuo) no importa. La decadencia de la OEA ha llegado a tal punto de que en marzo, para tratar el tema venezolano… ¡se ha sesionado en privado! Un despropósito total diseñado para encubrir a los autoritarios y que la opinión pública no conozca cuánto se dijo y se omitió en esa ocasión.

Me juego, no sin dudas, por la existencia estos entes; pero no de manera numerosa y utilitaria a algunos como plagas. Pienso que basta con un puñado en todo el globo. Eso sí, restituyéndose de su degeneración, retomando aquello que provocó su formación, que es evitar el pisoteo de la libertad y la dignidad de los individuos (no hay que olvidar que la ONU se creó luego del aquelarre sanguinario de la Segunda Guerra Mundial), y dejar de ser simples clubes de amigos para gobiernos que, como una llave que se abre y alivia la presión de un gas, se den un sucio respaldo entre ellos cuando generan muerte, hambre y dolor. Mientras no se efectúe la explicada restitución, esperar de afuera una audaz y heroica intervención que condene y frene los crímenes del Siglo XXI y de otros perversos, es un exceso de fe sin sentido.

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