lunes, 31 de marzo de 2014

Con fuego, martillo y valor



“No podía ser; herir a ciegas es como no herir, es exponerse a herir en el vacío… Había que herir con los ojos bien abiertos, con los cinco sentidos puestos en el golpe”.
—Camilo José Cela—

            No todos los que escribimos fuimos hechos para banderas blancas y para copiar mensajes de paz y redención. Hay situaciones que ameritan fuego, pasión y furia. Estoy convencido de que un crítico enérgico y constante puede generar más cambios que una legión de comprensivos y esperanzados columnistas. No son tiempos normales, no son épocas de democracia y comprensión; son días de impostores, ladrones, asesinos, traidores, incivilizados y abusivos.
            Ante esto, el  uso de los resquicios de libertad para gritar y escribir todo cuando sea necesario se hace una obligación moral. Si expresar las cosas como son e imprimirles potencia está completamente permitido en la vida, los adjetivos cobran aún más valor ante los miembros de la burocracia. Todos esos sujetos, desde el llamado primero hasta el último, no deben olvidar que son funcionarios; no seres ungidos que merezcan mitificación. Si alguien está senil y demente en la administración, no debe haber reparo en decirlo; al cobarde convenenciero se lo debe encuadrar sin vacilación como un mediocre; al empresario vendido hay que echarle en cara su degradación; al periodista miedoso debe tomárselo como un colaboracionista; el juez o fiscal corrupto será expuesto como un cerdo y un político inculto y populista es eso, sin mayores eufemismos.
            Hay temores de los que uno debe desprenderse. No es posible vivir con el miedo a ser juzgado por desacato, esa tipificación penal tan cómoda, antidemocrática, liberticida y conveniente para quien está en el poder. Tampoco el pánico al reproche público es un freno para quien decide valientemente expresar sus ideas. Es más, el verdadero crítico puede hasta sentirse contento sumando canales, radioemisoras y periódicos en los que sepa que no tendrá espacio; es una muestra de que va irritando a alguien. Y si no aspira en ningún nivel a desempeñar funciones públicas, entrar en la lista de vetados no va a importarle.
            Al fanático del respeto debo decirle que el mismo se gana y se pierde con la facilidad con la que se respira. No hay urnas, cargos, condiciones, aclamaciones o bautizos que vuelvan intocable a nadie. Los gobernantes del Socialismo del Siglo XXI y sus colaboradores están en las antípodas del noble Príncipe Feliz del cuento de Oscar Wilde, puesto que su vileza, corrupción y enriquecimiento sospechoso son realidades notorias día a día que pulverizan cualquier posibilidad de consideración.
Insisto: como no son épocas normales y lo que está en juego es la libertad, las dudas y poses timoratas no vienen al caso. El chantaje moral de “así no ayudas a construir” no me mueve un centímetro. Parte de la singularidad del hombre es ser uno mismo sin ataduras, y esto es lo que elijo al rehusarme a escribir sobre banalidades o sobre el entendimiento; una caricia a la bota que pisa la dignidad no tiene sentido. La irreverencia tiene un encanto tan difícil de explicar.
Y es que cada cual en su espacio y a su modo puede alcanzar a contagiar rebeldía contra la mentira y la opresión. Aun iluminados versificadores, juglares y paisajistas que se imaginan por encima de mortales comunes y que comúnmente evaden lidiar —“mancharse”, dicen— con la política y  esencialmente con la crítica, se enterarán pronto de que también les llegará su hora; que no están salvados del abuso y la censura por cantarle a la luna, al silencio, al amor y a la Amazonía.
Por eso es que proclamo la firmeza y sinceridad en las palabras para defenderse del atropello constante. Porque si el miedo, la presión o “las buenas formas” que esgrimen algunos me vencen, es porque no estoy siendo yo mismo. No ingresaré en las largas filas de la voz y la pluma débiles.
Para cerrar, recuerdo un fragmento de un artículo del mes de marzo en la columna del escritor  Javier Marías: “Cuando los abusos no son la excepción, sino la regla; cuando no se da abasto a contrarrestar —qué digo: a señalar— los desmanes y tropelías, entonces no hay más remedio que emporcarse. Ningún combate se libra desde el tendido”.

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