lunes, 17 de febrero de 2014

Borges frente al universo



                                           "Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX”.

—Mario Vargas Llosa—


Conocí a Jorge Luis Borges con un libro de poemas llamado El oro de los tigres (1972).
Desde entonces no ha dejado de sorprenderme y fascinarme su cuantiosa y variada obra extendida por medio de poemas, cuentos, ensayos, diálogos, conferencias, entrevistas  y hasta anécdotas. A pesar de estar privado de la vista —siendo él conocedor de este destino desde muy joven— es resaltable la pasión y entrega con que se dedicó a la lectura y a relectura de textos de diversos tipos.
Los temas empleados en su obra de ficción abordan muchas problemáticas que, aunque se edifican sobre la fantasía, son centrales en la vida del hombre: el dilema de la muerte, la obsesión, la infamia, el crimen, el universo, la guerra, el futuro, el conocimiento de uno mismo y muchos otros que, incluso en la exquisitez de lenguaje y contenido borgianos, alcanzan a todos los hombres.
De la mano de la erudición obtenida por una encomiable adicción a los libros y del apego al individuo como única realidad (en reiteradas ocasiones Borges se declaró un  anarquista-pacifista, además de apuntar y desear que en un futuro lejano mereceremos no tener gobiernos), otro gran valor del escritor nacido en Buenos Aires es su universalismo. Voy a recalar en este aspecto dado que es difícil que exista otro autor que reúna en su prolífica labor tantos textos inspirados en tantos tiempos, lugares y culturas como Borges con tanta calidad.
Una retroalimentación singular se da entre el mundo y el escritor. Ejecuciones, conflictos bélicos, magnicidios, desolaciones, una que otra cuestión amatoria, organizaciones políticas, tramas policiacas,  mitología y temas filosóficos y lingüísticos, emergen de Jorge Luis Borges hacia el mundo sin distinción de nacionalidades. Así también Borges se sirve de todas las culturas para poder crear un legado literario inolvidable. La pampa argentina del gaucho, el lejano oriente con sus Mil y Una Noches, esa Florencia que cobijó a Dante, Texas, Montevideo, la España de Cervantes y Góngora, Islandia, Japón a través de sus Tankas, la verde Inglaterra, Buenos Aires y su fervor, Alemania y su lengua, la Grecia de Proteo, Heráclito y Sócrates, las islas Malvinas con su guerra, y una extensa lista que no puedo detallar; son los planos en los que el autor conjuga el universo entero.  Acaso sea su creación lo más aproximado a ese Aleph publicado en 1945 (el único Aleph que posee calidad literaria, por cierto) en el que se refleja las infinitas caras y cosas del universo.
No es azaroso el hecho de que todo este multiculturalismo le haya generado otra clase de lucidez, la lucidez de abrir el ojo crítico ante posturas nacionales, despojándose de pasiones de bandera. Sus opiniones particulares de rechazo al peronismo y su no alineación a la izquierda, a diferencia casi todos los artistas que aspiraron a reconocimientos en el Siglo XX, le valieron —entre otras cosas— no haber obtenido el Nobel de Literatura. Jean-François Revel, en El conocimiento inútil, hace un apunte sobre este hecho: “La izquierda, de hecho, odiaba a Borges por no haber aprobado el terrorismo que había precisamente provocado la dictadura de los generales argentinos. Es muy diferente, pero bastaba para hacer de él un escritor «de derechas», es decir, no «nobelizable»”.
En el plano de lectores sucede algo similar al caso de Mario Vargas Llosa. Es posible aún encontrar rabiosos progresistas-socialistas que rechazan a Borges, su obra y calidad pues su estrechez  ideológica puede más que su lectura; lo catalogan entonces de soberbio, insensible y sin “conciencia social”.
En días en que las fronteras nacionalistas quieren cercar el horizonte cultural y en que el individuo está siendo negado ante la colectividad como un ser sin importancia que únicamente debe estar sujeto al oleaje de las masas y las mayorías, la lectura del hombre obsesionado con espejos y laberintos permite rebelarse de un modo literariamente sublime, en prosa y en verso, ante las necedades que minan la libertad y el destino del hombre.

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