martes, 20 de agosto de 2013

Democracia en turba




 Fotografía: ww.jornadanet.com 


"La chusma del pueblo no siente la presencia del diablo aunque los esté tomando por el cuello".

—Johann Wolfgang von Goethe—


La democracia, por su propia naturaleza de apertura, no está libre de problemas ocasionados por los miembros de una sociedad. Es más; la relatividad del concepto ha dejado rendijas peligrosas por las que el mismo significado ha adquirido diferentes interpretaciones ajenas a su valor intrínseco y los principios en que se sustenta. No debe extrañar, entonces, que el irrespeto a la ley, la violencia, los abusos y los amañamientos de la paquidérmica maquinaria estatal  para la consecución de fines perversos, sean obviados y hasta aplaudidos por grandes sectores porcentuales de la población de un país a nombre de la democracia. La lucidez de Jorge Luis Borges ya hace bastantes años permitió dejar registrado en el prólogo de un inolvidable libro un comentario sobre la democracia como “ese curioso abuso de la estadística” (La moneda de hierro; 1976).
De la mano de las creencias de la mayoría y la voz de la voluntad general, viene, azuzada por los las ansias de control y de demostración de fuerza, otra deformación, aún más peligrosa sin duda alguna: la democracia de la muchedumbre, su movilización y la presión.
Si bien es cierto que la defensa de principios y posiciones de la vida pública exigen la  movilización y la acción ciudadana de manera efusiva en ciertos casos, es completamente absurdo pensar que todo traslado de catervas —por más cuantiosas que se vuelvan— es completamente válido y legítimo. El pretender mostrar un seguimiento masivo y fuerte en un acto o momento puede generar una mentirosa impresión sobre el contenido de cuanto se pide. Es muy posible que hasta el más irracional y  nocivo pedido encuentre adeptos dispuestos a abandonar sus ocupaciones para moverse hasta otro punto. Lógicamente, este modo de proceder se verá inflado en sus  partícipes si los recursos son  suficientes. Buses, camiones y hasta aviones pueden ser llenados con individuos que se sumen a una causa.
No se trata de intolerancia a las personas; lo que no soporto es la impostura y la mentira. Y es que en estos tiempos y lugares uno puede ver a cientos de humanos marchando, pernoctando, gritando, bloqueando rutas y agrediendo sin saber siquiera lo que los tiene en aquel sitio y hora. No son acciones aisladas; este proceder puede ocasionar desde la molestia para transitar una calle o realizar una diligencia hasta la aprobación de leyes. La memoria —la pesada pero necesaria memoria— guarda imágenes de cercos al Congreso, cuadras y cuadras de turbas que a punta de amenazas, no solo permitidas sino también apoyadas por el poder obtienen lo que su conveniencia va deseando.
Como muchas pestes, esta democracia de turba contamina. Quienes deberían promover cierto respeto ahora empiezan a creer que deben combatir de la misma manera, empiezan a extraer personas de barrios y comunidades, entregarles un par de banderas, ponerlos detrás de un político o dirigente y encima, si los fondos lo permiten,  ofrecer un agasajo y hasta dinero en efectivo. Creer que esto es normal, bueno y que de alguna manera ayuda a forjar conciencia, valor y respeto por la democracia es un error terrible, por el cual ya está pagándose las consecuencias.
No olvidar, además, el peligro que esto conlleva para el bienestar de la convivencia. Cuando ya se han hartado los movilizadores de medir el número de sus huestes y de enriquecer a los dueños de buses que rentan, toca poner a prueba su violencia, sus habilidades con objetos contundentes y con explosivos. Sin duda, su ferocidad les valdrá un puesto en “las bases” y su arrastre los hará reconocer como dirigentes fuertes.
Y así, entre multitudinarias y costosas concentraciones, conciertos pagados con fondos públicos, verbenas tóxicas, gritos,  empujones, quema de distintivos, pedradas y a veces muerte, tenemos que tragarnos el bochornoso espectáculo de algunos mercenarios que, bajo título de actores, sectores o movimientos sociales, demuelen el orden y la razón, oscureciendo aún más el porvenir; repudiarlos con furia es nuestra obligación.

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