jueves, 11 de julio de 2013

La necia inmolación intelectual




“La razón no convence a los místicos ni a los mártires”.

—Mario Vargas Llosa—



La lealtad absoluta y ciega es una pendiente resbaladiza; la posibilidad humana de errar, un riesgo latente. Así, seguir de modo obsecuente a alguien, por más aprecio o admiración que se le tenga, es una vía que puede convertir a un individuo en testigo y cómplice de errores garrafales y hasta de crímenes despiadados.


Albert Camus, en su ensayo inolvidable El hombre rebelde, expresa: El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es. Reflexionar sobre esta temática conlleva a la contradicción interna, la necesaria contradicción interna. El asumir posturas, tomar partidos, realizar juramentos, generar pensamientos, son siempre actos revisables a nivel individual; un ser arrepentido y que lamente sus errores servirá de ejemplo. Esto no quiere decir que el arrepentido sea glorificado, deberá en todo caso tener honor, no sacar provecho malsano, y tratar de ser un ser más cuerdo.

Pero el presente tenebroso nos trae otro tipo de seres, seres que se suicidan lentamente y en público; la obtención de beneficios los ha forjado: los necios suicidas intelectuales. La palabra intelectual quizás quede muy grande en algunos casos; sin embargo será usada para graficar situaciones relativas al entendimiento.

Para estos seres no interesa que su gran jefe sea un desalmado autoritario o un mortal incapaz de elaborar tres oraciones conexas, ni que sea su única virtud  tener una voz ronca y alguna vez haber terminado consignas con "carajazos" u otros términos de ese tipo, tampoco interesará que sea un personaje vulgar con signos de demencia; lo único que saben los que se inmolan neciamente es que si las balas de la crítica (munición vital para mejorar la sociedad) cargan contra su superior, deberán arrojarse y recibir en el pecho la carga. Esto no es lo último; con su restante energía y tiempo en televisión y en actos públicos, responderán para justificar los yerros y excesos de su amo, y quizás volverlos proezas.

Algunos emergen de ONGs y fundaciones, así se habrán dotado de cierto recorrido para avalarse como parlamentarios o ministros. Su pasado entre vitrinas con publicaciones financiadas desde el exterior les hará pensar que tienen talento o genialidad para justificar atropellos a la ley o arremetidas contra la razón.

Los anacrónicos, casi siempre partidarios de la izquierda, posiblemente con la imagen de Guevara en el pecho o en la memoria, encontrarán en el Imperio el blanco de incontables diatribas, hablarán de una dignidad nacional o quizás regional para tener argumentos que sean escudo de su jefe o proyecto cuando éste haya sido noticia mundial por alguna demencial acción.

́Pintorescos patrioteros o regionalistas musicales también sirven a este fin. Si la patria de sus amores está en supuesto peligro  y aquel ser que consideran el salvador de sus sueños compromete el destino de un país entero, no importa. Total, al fin y al cabo lo hace porque es noble y como dicen del pueblo.

Profesionales libres componen largas filas y están siempre prestos para conservar un puesto o hacerse acreedores de dádivas. Haber desempeñado alguna función académica o haber sido rector de alguna universidad será suficiente carta de presentación; pues es posible que los inocentes crean que su apreciación está revestida de un peso extra.

Un párrafo para los profesionales no libres, los funcionarios técnicos y los jurídicos en especial (¡cuándo no!), que tienen el malsano talento y osadía de despedazar sistemas universales de convivencia y principios jurídicos si acaso pudieran ser un obstáculo para las ansias del jefe.

Y para finalizar aunque es posible que esté olvidando algunos la clase parlamentaria: la dignidad  ha sido el precio para tener un curul, pues como moscas a la putefacción de manera rauda vuelan en gran número a reparar (o debería decir mejor apuntalar) a base de mentiras la imagen de un gobernante que se desmorona a pedazos.

El objetivo de este texto no es afirmar jamás la existencia de un pensamiento único; lejos está aquello de mi convicción liberal. Pero sí se trata de entender que la coherencia, el conocimiento, el respeto y la razón no pueden estar subyugados a los discursos, planteamientos y  tecnicismos rimbombantes de los descritos suicidas, que además son amantes del bochorno. Por supuesto, una ciudadanía sin memoria es un complemento adecuado.

Mientras la sociedad siga creando, promocionando y creyendo en retorcidos chamanes del intelecto, mi apuesta será por una duda todavía más grande; preferiré un mundo de sombras, desconfianza e incertidumbres antes que uno en que viva anestesiado y tranquilo creyendo cuanto dice cualquier suicida intelectual.


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