miércoles, 30 de enero de 2013

Ofensiva al político "común" y su espectáculo



"¿Qué es un sombrero? Sencillamente, una cosa que se puede comprar en casa de Zimmermann. Pero lo que queda debajo del sombrero, usted no lo podrá comprar". 

—Fiódor Dostoyevski

No es novedad que la mediocridad sea peligrosamente contagiosa en ciertos campos de la vida. Algunos de estos campos únicamente pertenecen al ámbito privado, por lo tanto no merecen ser parte de una atención en particular. Sin embargo, cuando la mediocridad y su hermana, la ignorancia descarada, ponen en riesgo el destino de otras personas no puede permitirse el lujo de dejar pasar ciertos hechos sin manifestarse al respecto.

La política sin duda alguna es juego muy peculiar y cambiante, pero eso no debe significar que sea movida por el azar o por los caprichos de un puñado de irresponsables. En otros tiempos, la labor política incitaba a personas letradas y poseedores de conocimientos superiores a la media a entrar en la arena. Las grandes mentes recordadas a través de los siglos no necesariamente fueron las caras visibles o líderes carismáticos; pero al menos los encargados de ganar contiendas electorales contaban con la capacidad e interés de elaborar discursos coherentes y hasta de redactar tratados y textos cortos relativos a la labor pública.

Aun cuando los políticos no alcanzaran en genialidad para procrear ideas, existía un interés por leer y analizar a quienes gracias a momentos de inspiración pudieron crear volúmenes dignos del recuerdo a través de los años. En un nivel menos complejo puede imaginarse incluso políticos que estén anoticiados constantemente de las columnas de opinión nacionales e internacionales.

Sin embargo, en tiempos en que la demagogia y el espectáculo se han mezclado bochornosamente, la esperanza real es escasa.

El político que no aprecie el uso del intelecto recurrirá a las prácticas populistas más absurdas para seducir a los votantes. Elecciones pasadas han demostrado que mientras más lisonjero, juerguista y generoso con regalos sea un candidato, más grande será su probabilidad de vencer. Pues, como primitivamente piensan algunos, es porque "está al lado del pueblo".

No importa si el individuo en cuestión es la personificación de la vulgaridad, de la ridiculez o del mal gusto; si viene acompañado de una banda o conjunto, y además algún bocadillo, seguramente llenará coliseos y se proclamará salvador y ser iluminado para llevar a mejores días a "la patria".

Lógicamente esto se aplica para todos los niveles; si él político tiene ansias nacionales, regionales, municipales o hasta simples feudos distritales, seguirá los pasos de manera idéntica, variará simplemente el monto invertido en la campaña.
Podrá también estar apadrinado por élites económicas que patrocinen sus derroches, haciéndole creer que su camino es el correcto.

Quienes se dejan seducir fácilmente por una pantalla de televisión y por lo que del otro lado aparece, son también un objetivo para el político inculto. Éste se aprovechará de la existencia de programas (generalmente nocturnos) en los que el presentador se torna en una especie de agitador de polémicas baratas y organiza una riña superficial entre sus invitados o "contactos en vivo". En ocasiones el político inculto se encuentra en estos avatares con otro de su misma calaña, entonces inician una competencia por alcanzar mayores niveles de majadería y grito que llegan a veces a tentar una muestra pugilística; y cuando no se dejan llevar por la tentación, intercambian ataques sobre su pasado, su desamor a la región, su condición de vendepatria, de traidor al pueblo. Cabe mencionar que todos estos argumentos en cualquier circunstancia me parecen insuficientes y son muestra de una falta total de pensamiento propio, pues son simples muletillas que se han reiterado durante décadas sin sentido alguno.

El político del que hablo se ubicará en la vereda del show de mal gusto para hacerse conocido. Se valdrá también de internet  para exhibir que ha fiscalizado algo o ha hecho algo de gestión (cosas que son simplemente su trabajo), o para notificarnos que está en un lugar lejano con algún gremio o grupo desahogando su espíritu demagógico. Como es lógico, es infaltable la foto o el video rodeado de sus seguidores sonrientes por creer haber hallado a un mesías más.

Está claro que ser letrado y culto no garantiza enteramente la integridad ni los valores de un político; la historia también cuenta con registros de déspotas con intelecto. No obstante, si los encontrados en la contienda electoral se dotasen  mínimamente de individuos con apego a la lectura, la reflexión y al cuestionamiento tanto externo como interno, no cabe duda alguna que los encuentros estarían revestidos al menos por muestras de cordura y, sobre todo, de mesura a la hora de realizar alguna acción que pueda perjudicar a otros.

Cuando un electo no puede concatenar una serie de ideas  de manera coherente o realizar la lectura decente de un mensaje en algún acto o evento, será vituperado y descalificado automáticamente, aun si sus intenciones fueran "nobles". Se expondrá al ridículo en toda clase de intervenciones y, para quienes creen en la vergüenza ajena, será una carga que enrojecerá.

Puedo afirmar sin miedo a errar —aunque sí con temor de que estas líneas tengan tinta color utopía— que si los ganadores de elecciones pasadas y quienes se liquidan en el presente por aparecer en las futuras cultivaran más el intelecto (o, en caso de no tenerlo, se abstuviesen la tentación de dañar los destinos ajenos), el porvenir  no estaría en tanta medida librado a caprichos, azares, idioteces, impulsos e intereses malsanos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
.