lunes, 22 de octubre de 2018

La desgracia de la mediocridad parlamentaria


 
                  “Da lo mismo que sea una calle que un mercado que el Parlamento, la única diferencia es que en el último se establecen turnos y se conmina a quienes aguar­dan a fingir que atienden”
 —Javier Marías—


Optimismo y pesimismo no son solo formas de ver la vida, son también elementos partícipes de una contienda interminable. Para quien no ha cerrado y lacrado el libro de verdades intocables, debe estar siempre presente la posibilidad de la esperanza y desilusión, y las cuestiones políticas no son la excepción. Así, puede pensarse que hay adelantos generales de la humanidad en lo concerniente a derechos, prosperidad y periodos de paz mundial medianos; pero también puede evaluarse prácticas que han venido a menos en trascendencia y calidad: la vida parlamentaria es una de ellas.
Aunque el sueño de la gran nación sudamericana me parece una hemorragia de romanticismo, tanto en su versión bolivariana original como en la contemporánea, no se puede negar que hay elementos comunes en la vida política de muchos países en este lado del globo. Dicho esto, vale la pena aclarar que a pesar de lo funesto que se expresa en esta reflexión sobre el caso boliviano se puede extrapolar a otros estados, además la honestidad lleva a acotar que es posible encontrar excepciones dignas en algunos congresistas, pero son eso: excepciones, ya que la inmensa mayoría va en rumbo de lo desesperanzador.
Si bien no fue jamás la regla general, la anterior centuria ofreció personajes parlamentarios con niveles de preparación superiores a la media, inclusive con desvaríos ideológicos siniestros, pero con un valor extra por sus intereses intelectuales. El arquetipo contemporáneo es —en su mayoría— despreciador de las ideas, se regocija únicamente en su participación en algún acto eventual de corte cultural o intelectual, tal vez sellado con la foto con algún escritor cuyos libros solo conocerá por la portada y la dedicatoria.
Ya en el campo de su labor central, los ejemplos patéticos de disparates parlamentarios sobran. Para no escarbar mucho en el tiempo, es bueno remitirse al caso del Código del Sistema Penal. Mientras contaba con la aprobación del Ejecutivo, para los presidentes de la cámaras legislativas, la norma era perfecta, casi un encargo divino que se debía defender a ultranza. Luego, cuando el máximo líder retrocedió, los mismos jefes parlamentarios, desde la atalaya de su cinismo, encontraron errores y elementos que requerían revisión.
Como ese, hay muchos casos que nos pueden ilustrar la pobreza parlamentaria, una miseria mental y ética que contrasta con la rimbombancia y parafernalia que se impone en los actos de los delirantemente llamados “padres de la patria”. ¡Pobre de aquel mortal que ose quitarle el Honorable en un acto público o en una misiva! Ganarse el beneplácito de un parlamentario nacional, asambleísta o concejal implica reconocerle tratos especiales, reservar espacios para él y su comitiva, además bajar la mirada cuando hace uso de su banda y otras prendas costosas en eventos, así sean estos triviales. Ninguna reverencia alcanza para el diputado o senador. Llama la atención, pues mientras lo ceremonioso se exige a su paso, en algunas sesiones de hemiciclo el bochorno, el mal gusto, la ordinariez y ambiente que imita al peor mercado callejero son marca registrada de sus actos.
Por motivos de practicidad que simplemente tienen que ver con temas partidarios (en Bolivia en lo que respecta al ideario y actitudes de parlamentarios oficialistas y opositores las similitudes sobran y sorprenden), las facciones se dividen en el grupo que sistemáticamente apoya al Presidente y el que sistemáticamente lo ataca. Esto no evita que tras un cierto tiempo, haya negociaciones y compra de voluntades. Nada se descarta en lo que a legisladores se refiere.
Los primeros, cortesanos del Ejecutivo, justifican sus designaciones en listas muchas veces con una especie de ranking, señalando cuántas veces y con cuanto fervor se ha aparecido para defender al régimen gobernante, pues la tentación de un nuevo periodo legislativo y otro cargo burocrático es un antojo demasiado suculento para dejarlo ahí. Para esto vale todo: salir en los medios sin poder articular dos frases coherentes, golpear al colega de otro partido, hablar de temas de los que se tiene la mínima idea, o —para el más pasivo— simplemente no molestar; no osar pensar en contra del supremo líder. Total, el tiempo puede llenarse masticando papel, desnudándose en aeropuertos o dedicándose a otro tipo de vulgaridades.
En los otros, temporales contendientes de otros partidos, se piensa que existe un premio al pataleo. Asombra el profundo amor que se tiene a las poleras, pues para cada contienda el lema aparece impreso en el pecho, mucho mejor si su creatividad alcanza para usar un hashtag. Porque, eso sí, la tecnología no les ha servido tanto como para relacionarse con sus homólogos en el mundo o adquirir conocimientos mínimos de economía, leyes y otros, como para alimentar su narcisismo. Cuentan sus éxitos en la cantidad de proyectos de ley presentados, sin siquiera pensar en la relevancia o necesidad. Pintoresco es el ejemplo de aquellos que compiten por declarar patrimonios nacionales platos de comida, ritmos o fiestas locales. Los que están debajo de esta escala son aquellos cuyo único logro es convocar a conferencias de prensa y despotricar, con motivo o sin él, para luego pasar la página y rara vez hacer seguimiento a lo que se condenó. Eso sí, como dicen; “hay que mostrar fuerza y unidad”, el que habla debe estar flanqueado por sus correligionarios como un coro tallado en madera de alguna iglesia.
Considerando las raíces del parlamento en la época clásica, su valoración como equilibrio frente a las monarquías en siglos posteriores y siendo la expresión de la democracia moderna, la respuesta no pasa por sugerir una supresión legislativa originada por el desencanto, o un acto demencial como la Asamblea Popular  de 1971 en Bolivia (un festín antidemocrático de los sindicatos), tampoco cuotas por géneroo  motivos étnicos son la respuesta; sino exigir mejores candidatos en el futuro, y en el presente bajar de los altares a los ya elegidos y exigirles un compromiso mayor, no solo con la libertad y las demás conquistas del mundo civilizado; también con el sentido común, la coherencia en los actos y, por qué no, la decencia.

martes, 11 de julio de 2017

Testimonio de un lector (I)


 

Librería en la zona de San Telmo, Buenos Aires

                  “La lectura construye un espacio entre lo imaginario y lo real, desarma la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. No hay, a la vez, nada más real ni nada más ilusorio que el acto de leer”.
Ricardo Piglia


Determinar un momento exacto en que surgen nuestras aficiones o saber cuándo pasan a ser un modo de vida, es una tarea casi imposible de rastrear. En cierto modo, es bueno que así sea, pues de este modo se aleja la tentación de epifanías idealizadas y armadas, propias de las biografías y de los mitos. El desarrollo de aquello que nos identifica es algo paulatino que está expuesto a las experiencias y hasta a casualidades impensadas.  Algo de eso ocurre con mi encanto por el mundo de los libros.
Guardo gratas y fuertes imágenes mentales de un mueble en la casa de mi infancia, con sus cuatro niveles, en los que se apilaban revistas, novelas, textos escolares y algunos otros que estaban lejos de mi alcance, tanto por la estatura como por su contenido. También recuerdo a maestros que —más allá del cliché o las imposiciones programáticas— con osadía y algo de esperanza desafiaron mis capacidades con libros complejos y extensos. Por supuesto, el agradecimiento será inagotable para ellos. La siguiente fase fue caminar solo, las elecciones de compra se volvieron cada vez más autónomas y complejas. Es que la libertad también es un elemento inherente a la lectura; se percibe desde la elección del volumen a tomar, en la interpretación de los contenidos y en la valoración y emoción que pueden generar los libros en la subjetividad de individuo.
“Hay que abrir los libros, perderles el miedo, agredirlos, degustarlos...”, escribe Jorge Edwards. Precisamente por eso, no es saludable ni plausible la pretensión que todas las personas consagren sus horas a los libros; hay espacios que bien pueden dedicarse a otra clase de actividades. Para las imposiciones, están los dogmas y los hombres tentados por la autoridad. Por otro lado, la valoración es clara: los beneficios son innumerables si uno opta por las letras. El cultivo de la imaginación, la construcción de un vocabulario menos limitado, la asociación de ideas, el trabajo de la memoria y la pretensión de la erudición –entre otros- son consecuencias de numerosas y variadas lecturas. Ya en el campo del pensamiento y la reflexión posterior, pueden emerger de forma civilizada y con contenido la inconformidad, la rebeldía y el espíritu crítico en la fragua de los libros.
 Por el gregarismo en algunas edades y por la poca valoración de la creación literaria, el lector es visto como un ser raro, retraído y símbolo del mayor aburrimiento. Lastimosamente, en algunas sociedades esta fase hostil no es superada y se extiende incluso en estadios superiores como la educación universitaria, la vida laboral y hasta la labor del profesorado, generando así ambientes de escaso nivel cultural. Ese objeto raro —el libro— en lugar de conectar mentes, emociones y personas, motiva extrañeza y hasta burla.
Marco Aurelio Denegri se refiere acertadamente a la lectura como el único vicio saludable. Salvo por contratiempos ópticos a la larga, que valdrán siempre la pena, no advierto ningún daño provocado por la bibliofilia. Ni siquiera el factor económico puede esgrimirse como argumento contra la adquisición de volúmenes y colecciones. Desconfío de mortales que afirman que los paseos por librerías, ferias y otros representan gastos absurdos o innecesarios. Apunto esto desde mi óptica particular, pues aunque no es posible asegurar el destino o los giros de lo venidero, no concibo una existencia sin libros adquiridos y por adquirir; la sola idea es aterradora.
Aunque puede haber predilecciones, la voracidad y promiscuidad literarias no discriminan géneros. Así, aparecen la novela como ejemplo de orden, constancia y estilo; el cuento como la puerta a la literatura fantástica y a mundos que no requieren pasar la treintena de páginas; el teatro, con su desafío de representación; la poesía como acercamiento a lo sublime; y el ensayo como el género del pensamiento por excelencia para la propagación de ideas para mejorar el mundo o, al menos, para evitar su desmoronamiento. Con el tiempo y el apego, en el acto de leer pueden asentarse no solamente las bases de un entretenimiento o distracción placentera, sino los principios que hacen a la vida misma.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Camus: lucidez, rebeldía y compromiso

Imagen: DeviantArt. Usuario: Roobikon

“El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía”.
-Mario Vargas Llosa-



Cada cierto tiempo el mundo sacude al hombre; acto seguido, si no alcanza con eso, lo avienta al vacío y a la tragedia poniéndolo en urgencia de respuestas. Cuando el individuo se resiste a las salidas fáciles que ofrecen mercaderes de ilusiones basadas en credos, evangelios, manifiestos, himnos y sangre, la singularidad y la soledad aparecen como opciones. Nuestras adversidades y angustias son una forma de vincularnos con el mundo, a veces por voluntad y otras empujado por las circunstancias. Mientras mayores y más fuertes son nuestros lazos con aquello a lo que le damos importancia, requieren de nosotros una apuesta por la acción. El arte, la literatura y el compromiso político no escapan a esta realidad. El Siglo XX nos ofrece como ejemplo de lo mencionado la figura de Albert Camus.
Camus, además de los dolores individuales que cargan muchas personas, como las necesidades, la pérdida de los seres cercanos, y problemas de salud, asumió desafíos en el campo intelectual y político que sin duda forjaron su carácter y su variada obra. En la creación de Albert Camus se abarca la novela, la labor periodística, los cuentos, el ensayo, crónicas de viaje en una prosa valiosa, el teatro (en el que además fungió como director y actor) y el trabajo de periodismo. Hay que mencionar que, en su variedad, la obra del autor nacido en Mondovi existen temas constantes que no deberían huir de las reflexiones de los hombres. Menospreciado por algunos círculos filosóficos de su tiempo e incluso en la contemporaneidad, tal vez por su no rebuscada y no rimbombante forma de expresar el pensamiento del individuo, o por no armar todo un sistema de recetas para la vida o para la utopía; la filosofía de Camus se erige como respuesta y comprensión ante los problemas existenciales, estéticos, políticos y sociales.
El extranjero como novela y su complemento en ensayo, El mito de Sísifo, son libros sin desperdicios para pensar esa vida que busca un sentido. La compasión, la solidaridad, la desesperación y el dolor tienen en La Peste, un trazo que nos recuerda que la convivencia con el prójimo y sus circunstancias también marcan nuestro paso por el mundo.
Bodas y El verano, contemplan textos de un hombre que con el acto de viajar se construye y reconstruye. Visitar o retornar a sitios especiales poniéndose en contacto con lo profundo también es una forma de rebelarse ante el mundo; a pesar las imágenes presentes aún de la guerra, la inocencia asesinada y la tortura aún presentes en el continente. En palabras del propio Camus: “El incendio se extiende, Nietzsche ha sido superado. Europa no filosofa a martillazos, sino a cañonazos”. Justamente ese incendio había llegado a París con la ocupación nazi en 1940 y generó –como sucede hasta ahora en estas situaciones- la separación entre quienes asumen posturas colaboracionistas y quienes no se resignan a ser objetos del poder. Ante esto, Camus elig comprometerse, resistir y fundar junto a otros intelectuales el periódico clandestino Combat.
La rebeldía estética del mundo, esencial contagiosa para el alma, a veces no es suficiente; esto es algo que Albert Camus comprendió muy bien. Rebeldía, por la dignidad, por la libertad, por que la Historia no devore al hombre por la promesa lejana de un mañana feliz, que casi siempre es la mentira de un puñado de manipuladores. El hombre rebelde es el feroz y completo ensayo que radiografía y detalla las expresiones de quien no se resigna a permanecer en condición de vasallo, que decide establecer una frontera a los atropellos y que denuncia los abusos soviéticos que eran justificados por otros intelectuales en ese tiempo; Jean Paul Sartre fue uno de aquellos.
La polémica Sartre – Camus evidenció el quiebre, el estallido por las ideas y el silencio cómodo del autor de La náusea frente a los horrores perpetrados por el bando político comunista que abiertamente eligió y que –como Octavio Paz escribió- lo puso en ridículo con los años. Paz apuntó en 1973: “Sartre anda envuelto en una nube de palabras […] es un filósofo deslenguado. Desde el fin de la guerra Sartre no deja de emitir opiniones políticas y, nueve veces sobre diez, yerra.
Volviendo a Camus, el reconocimiento del Nobel de Literatura llegó para él en 1957, «por su importante producción literaria, que con una seriedad clarividente ilumina los problemas de la consciencia humana». Tres años después, falleció en un accidente automovilístico a los cuarenta y seis años, dejando el borrador de ciento cuarenta y cuatro páginas de su novela autobiográfica, El primer hombre, sin completar y que fue recién publicada en 1994.
El mensaje de Albert Camus repercute con total actualidad y vigencia en nuestro tiempo: a pesar de lo absurdo de la existencia, un hombre puede actuar respondiendo al llamado de su conciencia, cuando alguna grieta del infierno (una expresión exquisita usada por Borges) se abre en nuestra realidad y ésta empieza a convulsionar; que a la inacción y la resignación se contraponen la búsqueda de la verdad y la libertad.  También nos deja la enseñanza de que aunque la piedra de Sísifo caiga una vez más, poder levantar el rostro, el cuerpo y el espíritu para volver al combate de los días con un motivo es lo que nos consuela y nos llena.
Un saludo y un brindis por el rebelde nacido en el Siglo XX.
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